miércoles, 6 de mayo de 2009

Poe, la razón y el sueño.






L'Univers de Poe. Combel. Barcelona 2009

Images done for a compilation of  five stories written by Edgar Allan Poe. L'Univers de Poe. Combel. Barcelona 2009


Hace algún tiempo, el crítico Gustavo Puerta me dijo algo sobre lo que él consideraba mi estilo que me resultó revelador. Me habló de ciertos aspectos psicológicos de los personajes que dibujo y me dejó atónito. No sabía - pero al mismo tiempo lo sabía perfectamente - de qué me hablaba. Y fue, como digo, revelador y a partir de entonces un concepto fundamental en mi forma de entender mi trabajo tomó más cuerpo.

A saber, que en mi opinión el ilustrador no tiene porqué ser, y probablemente es mejor que no lo sea, un lector erudito; pero sí que como lector - o como primer lector sensible de un texto, como lo definió alguna vez en algún artículo la pequeña y grande a la vez Teresa Durán - debe tener un fondo referencial con el que relacionar el texto que afronta. Porque creo que sobre ese fondo, fruto de la propia experiencia lectora e incluso vital del ilustrador y al que éste puede referirse conscientemente, deben desencadenarse en el trabajo muchos procesos que, por surgir de donde habitan los miedos y los deseos, escapan a la diagramación controladora de la razón y son los que acaban encapsulando mayor cantidad de energía.

Esos procesos son el principal terreno de juego de lo que entendemos por sensibilidad, y precisamente son los que dotan todo aquello que representamos de un carácter específico que generalmente ni nosotros mismos percibimos pero que nos refleja - desde los rasgos comunes que Gustavo me señaló en el carácter de mis personajes a los ritmos que subyacen en las composiciones - y entiendo que son esenciales aún sin ése también naturalmente sensible fondo referencial, si es que Gombrich no hubiera ya desvelado la imposibilidad de la inexistencia de tal fondo, en el terreno del arte y la expresión. Pero es en la ilustración - en la medida en la que la imagen referida a un texto debería intentar no solo no limitar ni redundar si no al contrario, ampliar significados desvelando ángulos particulares en la lectura - y especialmente en la ilustración de Literatura con mayúscula donde la necesidad de ése fondo se me hace más evidente.

A todo esto, hace unos meses el editor Jordi Martín, de Combel, me propuso que le diera una lista de escritores clásicos de la Literatura sobre los que me gustaría trabajar. Huelga decir que me avalancé sobre el papel a redactar la carta a los Reyes Magos, y entre otros nombres que ojalá aparezcan algún dia por allá por mi horizonte, incluí a Edgar Allan Poe, de cuya obra precisamente resultó estar preparando la editorial una selección de cinco cuentos, así que se me encargó formalmente la ilustración de dichas historias.

En la lista siguen pendientes, entre muchos otros, Kafka, Capote, Shelley, Hoffmann, Stevenson, Chéjov, Verne, Calvino... tal vez - tengo dudas - Shakespeare... Son los faros, las ventanas que permiten a aquellos lectores jóvenes que sean posibles lectores de gama alta - y por esto entiendo a los lectores que se construyen su perfil basándose en su sensibilidad y curiosidad más que aquellos que lo hacen en las listas de novedades de Sant Jordi, que también bienvenidos sean, por supuesto - asomarse al vasto mundo de experiencia que les espera si perseveran en su afición lectora. Y todos ellos también perfectamente ilustrables en una edición adulta...

Pero al abordar el encargo de Combel, lo primero fue constatar que Poe ha sido visitado tantas veces por creadores de imágenes que resulta difícil encontrar un hueco ya no solo entre lo que otros han leído antes en él, sino en la huella que esos otros han dejado en la representación de lo oscuro y lo mórbido a partir de entonces. Entendiendo esos legados como ríos, Aubrey Beardsley con su enfermiza y perversa elegancia, Ralf Steadman con sus repentinas explosiones de violencia y Edward Gorey con sus personajes hieráticos y sus espacios cerrados, silenciosos, amenazantes y divertidos al tiempo se me antojaban las cabeceras, las fuentes.

Por eso, seguir los pasos de esos dibujantes era ir por caminos que me parecían trillados, así que la opción (siempre la hay) fue saltarme los victorianos, los simbolistas y los expresionistas para irme más atrás y repasar artistas puramente románticos como Füssli, Friedrich, Géricault, Delacroix o Daumier, todos ellos anteriores a la explosión atómica de Freud y su desvelamiento de los nudos del inconsciente, tan importantes para entender lo que ocurre en el alma humana cuando la razón sueña y produce monstruos.

Freud y los principios de sus tesis están explicados con entusiasmo en el libro “La curación por el espíritu” de Stephan Zweig, en el que el autor vienés cierra con el creador del psicoanálisis un círculo que arranca con un retrato de Mesmer – padre éste del mesmerismo y abuelo de la hipnosis, cuyo apogeo a principios del siglo XIX definió el contexto del que surge un cuento como “El extraño caso del Sr. Valdemar”- y sigue con la Norteamérica urbana del XIX en la que una siniestra Mary Baker-Eddy, fundadora de “Christian Science” empieza a tejer su red de poder sobre la angustia ajena en los mismos escenarios en los que vive, escribe y muere Edgar Allan Poe.

Con este telón de fondo conceptual me enfrenté a una colección de cinco de sus relatos buscando luces efectistas y agónicas proyectadas sobre sombras densas, compactas y pegajosas con las que intentar dar forma a lo indefinible. Dicho trabajo de claroscuro y texturas, junto con un énfasis especial en la figuración y en un mayor naturalismo aparente da como resultado lo que me parece ser uno de mis trabajos últimos más clásico y también más pictórico, pese a estar casi totalmente resuelto en un medio digital, fruto del intento de no tanto encontrar un estilo como una atmósfera que permitiera abordar desde un relato fundacional del género policíaco como “La carta robada” a uno de aroma corsario como “El escarabajo de oro”, pasando por los truculentos y oscuros cuentos góticos “El extraño caso del Sr. Valdemar” o “El retrato oval” o esa especie de sainete que es “Tres domingos en una semana”.

Cinco historias muy distintas entre sí pero conectadas por la aplicación de esa lógica alucinada tan característica del autor y que aún hoy conecta al lector con los monstruos que produce la razón cuando sueña. 

Conexión a la que entiendo que no puede escapar el ilustrador que como decía al principio es siempre y ante todo un lector.


2 comentarios:

Jorge G. Liquete dijo...

me he quedado maravillado. Qué trabajo tan genial!!!!

"el molinillo de viento" dijo...

Wow, están padrísimas esta serie de ilustraciones, un "must have".

saludos desde Mex.